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lunes, 20 de abril de 2026

LA CONDENA DE EXISTIR EN FRAGMENTOS

     Esta voluntad de querer ver todo trágico. Donde las ideas vibran, como las cuerdas, que al brincar el plectro, siendo acelerado por las manos frágiles de un músico de conservatorio, se frotan de una nota a otra. Como queriendo hacer expulsar las confesiones de la guitarra en la penumbra de aquel patético, decadente y exclusivo bar del Centro Histórico. Donde quizás alguna vez cantamos, sobre perder la cordura, hasta recobrar la informalidad, de beber y beber, para olvidar que tus besos dejaron más amargura que salitre la mar.

Ahí presenciamos, aletargados, tú y yo. Sentado en aquella mesa decorada por un sueño a medias, que quedó tirado junto al desorden de un octavo y dos vasos con siete hielos derretidos.

El pizzicato mustio de la guitarra sin lustre del famoso "Sombra", quien le intentara exprimir a la tórrida noche, el sabor aguado de un trago que entibia el apretado calor que se encierra en la amargura de sus alaridos.

Su carcajada, resuena. Exhibiendo la picadura de sus dientes, que amarillos de tanto cigarro y trago, poblan patéticamente la sonrisa que te esgrime. Como invitándote a bailar. Con la muerte.

Dicen que no es lo mismo verla venir. Que tenerla en frente, tronándote sonoramente las castañuelas.

Resonancia, que deshila el tejido de la música poética desde lo más raído del alma.

A tiempo que de la frágil copa de cristal que recoge este jugo de uvas, las que en racimos se fueron multiplicando y se han ido hinchando hasta destriparlas a este liquido dulce que me alienta.

Ahora ya sólo quedan estos párrafos para decantarlos con la estilográfica de mi pluma digital, donde se van regando como se riega la semilla que deja sembrada el malacostumbrado lamento melódico y confesional que tiene aquello que otros llaman poesía.

¿Qué es poesía? Suspiraba Becquer, cuando se le clavaban aquellas pupilas azules afiladas al verlas.

En cambio, las mias marrones que no distinguen a ver cuando se me va el mundo. 

Al irse este vino mientras va resbalando despacio, llenándome el paladar con su estoque, bañandome la úvula que tímidamente se esconde hasta que sigue su camino haciéndose tsunami hasta caer en cataratas hacia el interior de mi esófago. Donde casi a fuerzas, debo volver a deglutir para mojar mis cuerdas vocales con su jugo y quizás poder así, ablandar un poco el aspero lamento de mi canto.

Pues soy yo, quien a la muerte acompaña.

Al terminar de saborearme el trago, la cúpula invertida de cristal que la contiene, se me cae, deslizándose sedosamente de mi mano.

Al dar de súbito en el suelo y romperse. El estallido agudo, me parece un llanto trágico escrito en prosa. Casi un melódico grito que no rima.

Al verla hecho trizas, el más fino Baccarat cortado, regadas por todo el suelo, distingo a ver que entre los demás chayes de botellas de a litro, octavos vacíos y pequeños montoncitos de chencas de cigarro, que como esquirlas de batalla añeja, adornan el sucio travertino del recinto, había una moneda brillante que no parecía ser de aquí.

¿Y ya sabés lo que dicen de los que se agachan a recoger una ficha? Que agarran la sal, del que la dejó tirada.

Y allí la dejé.

¿Y acaso? Algún poema al ser cantado y fracturarse en pequeñas corcheas sobre el pentagrama. ¿También se harán desdicha?

La adicción puede llegar a hacer pedazos hasta al más bello de los materiales, que es la cordura del hombre.

¿Sueno trágico al anunciar que en la nostálgica desdicha me fragmento como los vidrios afilados de mis rimas?

¡¿Trágico?!

—¡Bah! ¡Trágico!

¿A quién le interesa? 

Si el despedazar poético de mis versos pueden ser un infortunio, si no tienen... ¿consonancia?

Si al recoger los filosos cachos, de este acristalado tormento, yo mismo, me atreviera a juntarlos con las llemas desnudas de mis dedos firmes y no tan delicadas manos de escritor, y también así, me hiriera.

De la herida misma, cantara estas letras que una a una como gotas de sangre van destilando, hasta encharcarse en la hemorragia de tu pantalla.

¡Guitarrista depresivo! Insulta un asistente.

—¡Bolo degenerado!, le devuelve el insulto, el otro.

«¡Poeta!» Se le medio entiende sollozar a una fichera adormitada, quien confundida entre el público, llora y se lamenta. La sintomatía de aquel rímel corrido en todos sus cachetes han pintado la fúnebre comedia en su rostro adolorido.

Como si la condena al destierro de la palabra se supiera insuficiente y no bastara con ese castigo.

¿Es acaso mi castigo autoinflingido el querer disolverme tras la soledad de un verso hasta hacerme invisible?

Talvez lo sea.

Talvez, sea que la tragedia consista en esa imposibilidad de reunir lo disperso y volverlo a hacer quien era.

En la condena de fragmentarme para existir.

¡Sí! Romperme. Hacerme mil pedazos chiquitos.

Que no se miran.

Porque descompartimentalizarse es perder la unidad del ser.
 
Y sin embargo. Esta esquizofrenia que tengo de ser pizcas, es mi única forma de existir.

De ser uno con el cosmos y ser uno yo. Uno. No Unamono. Yo.

El ser que soy. Que fui y que seré.

Ser, aquel recuerdo del beso en las nalgas de mi mujer ántes de irme a trabajar, que se me venía a la memoria a media tarde para soportar el suplicio de la jornada.

O aquella bofetada que te despierta en la oscuridad de la nada. Diciendo: ¿Quién pegó mi?

Aquel papá que no estuvo, y que te influyó desde la ausencia.

El guardián de un hijo que cuida desde la soledad. El cachorro de jaguar que corre a contar la historia para que con ello no deje que se apague la llamarada de tusa de su memoria.

Ser el araméico eco de un lamentable: «padre, me has abandonado», que reverbera en las piedras del Gólgota. 
Donde se halla mi calavera, sóla en esta cruz, en medio de ladrones y ante un puño de hombres y mujeres que se autoidentifican discipulos, que me han deshonrado a ritmo de coro, pandereta y aplauso.

¡Arrabasaya!

¡Arrababababasei!

Saquen la chequera y repitan conmigo hermanos:

¡Ese inútil!

¡Es inútil!

Inútil. Es intentar someter el pensamiento, a la rigurosa disciplina de la escritura. No tiene causa.

Ya que la emoción se me rebela. Se desborda. Protesta. Me escupe en la cara.

Me mira con odio, con desdén, con recelo. Se niega a ser encadenado.

Neruda, pudo escribir sus versos más tristes, con la temperatura, de un sábado por la noche.

Pero los mios, no llegan ni a la tibieza de este jueves, de Antonio.

Nueve Antiojos.

Porque apenas he dormido, si las cuento todas, trece horas, en esta semana.

La vigilia, que se vuelve un frío infierno para algunos. Sobre todo, para quienes despiertan rutinariamente, con los repiques que dan las bruñidas jaquecas, que como campanadas solemnes, traen la santa resaca del lunes. Día de caldo y mal día para dejar de chupar.

No por el cansancio, si no por la sospecha de haberme extraviado en esa nada que no ocurre, cuando está pasando todo.

Una eterna consciencia que no cesa.

El insomnio es la creatura de la angustia, que se me hizo carne. El vacío que me dice que aquí no pasa nada.

La imposibilidad de buscar reposo en tu regazo y adormecerme con el aroma a lavanda de tus enormes tetas desnudas mientras los tiranos del mundo nos meten en otra guerra.

La certeza de que el ser, está siempre arrojado a echarse a la intemperie del olvido. Como cuadrúpedo amigo que se desdeña al lanzarlo a vivir a la azotea.

¡Argh!

La sangre hirviente, que brota de las heridas de mi alma desde donde se rebalsan.

Me quema.

Y mi química cerebral me engaña: la dopamina me susurra polifónicamente, que nada ocurre.

Mientras el cortisol me grita. A una voz. Dos voces. Tres.
Que se repita, se repite. Em cima. Em cima. Sempre Assim.

¡Calma! ¡Ja, ja, ja! No pasa nada. Nada.

¡Nada!

Em baixo. Sempre assim...

Un sollozo de hombre.

Un lamento compungido desde lo más humano de mi ser.

Las lagrimas que me siguen rodando.

Que me limpio cuando nadie mira.

Porque yo soy un súper hombre, limpiándose los mocos con los puños de la camisa. Un súper niño.

Estalla un inerte vacio. Donde el universo se hace nada de nuevo.

Un enmudecido pitido subsónico y una larga pausa en la oscuridad.

Larga, pausa.

Tinnitus.

Pero, de pronto, vuelve el sonido con fuerza.

La luz regresa y me deja caído de bruces.

La existencia se revela en sus excesos.

En la poca claridad que destella entre las ramas, me agarro bien duro al micrófono e intento dejar pasar, lo que siento, que se deja venir en estas ráfagas vocales.

Aunque sé, que la palabra me es apenas un intento fallido de apresar lo inasible en sílabas.

Lo inmarcesible.

Un intento fallido de pintar, rítmicamente, de un oxidado carmesí sobre los ocres de un marchito lienzo derruido y sin marco.

Donde tampoco encuentro, el trazo, la paleta o el gesto.

¿Dónde habrá quedado mi pincel?

Porque la forma, se me escapa.

La fluidez se niega a escurrir.

Y si no escurre. Entonces, ¿para qué quiero un pincel?

No para pintar el lienzo, sino para untar el pegamento, con el que uniré estos pedazos.

¿De qué?

De...

Músico, cantor, poeta, carpintero, pájaro de mal agüero, loco.

Esquizofrénico. Neurodiverso.

Tangencial.

Culto. Izquierdista. Rico.

¡Que shico!

Algunos dicen que soy un peligroso fantasma.

Otras, juraron que en verdad me amaron.

Carismático, hasta que caigo mal.

Un elocuente gran mudo. Que nunca se queda callado.

Lo toral del asunto.

La coyuntura de la situación.

El resiliente de los contratiempos.

El innombrable, de aquella que mejor ni te digo el nombre.

El irrecordable, de aquella otra que ya se me olvidó quien es.

Impopular.

Infame.

Pintor sin lienzo.

Poeta sin libro.

Músico sin guitarra.

Guerrillero sin metralleta.

¿Qué otro nombre le daré?

¿A esta crisólida esperanza de que el caos pueda ser transfigurado en sentido?

Puesto en línea por: GVLIELMVS PANTHERÆ a la/s 4:20 0 comentarios  

Etiquetas: INSOMNIA, INSPIRACIÓN, NEUROTRANSMISORES, NORADRENALINA, PINCEL, RELATO, TRAGEDIA

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