Esta necedad que tengo de desvelarme haciendo pasar los recuerdos a través de un prisma evocador de nostalgia.
Donde las ideas se retuercen, como lo hacen las curvas sinusoidales que dibujan en el aire, las cuerdas de acero y niquel, cuando intentan volver a tensarse, al ser pulsadas por el plectro sostenido por la hábil mano de un filarmónico de laudería, que acelerándolas, las toca en el más perfecto vibrato.
Parecieran derretirse, como los relojes blandos de la persistencia de la memoria de Dalí.
Estas, se alejan, de la rígidez mecánica, mientras las rasga, nota a nota, con la forma antropomórficamente tan extraña que tiene, de recortarse las uñas, en forma de arco ojival, meticulosamente afilado.
Las cuerdas vibran, como queriendo exorcisarle confesiones al luthier. Quien desde la penumbra, en aquel patético y decadente bar del destartalado hotel del Centro Histórico, donde nos sorprendió el sol, tantas madrugadas, mientras nos prendíamos uno al otro, como chinches entre sábanas tiesas.
Quizás alguna vez, en este lugar, existimos. Como queriendo perder la cordura. Talvez, hayamos encontrado la informalidad que perdimos siendo adolescentes.
¡Que edad aquella! Dicen que la adolescencia es para beber y llorar. Y yo no tomé, si no hasta los veintiocho años. Sin embargo, sí que lloré. Tanto, hasta olvidarnos. Olvidarte. Olvidarme. De que, de no haber conocido la magia negra de nuestros besos, la vida nos habría dejado sin más amargura que salitre la mar.
De aquellas negras y sonoras olas que hicieron naufragar nuestro tiempo hasta perderlo en la oscuridad más profunda. Ya sólo quedaba la espuma blanca que brillaba tenuemente cuando la luna marcaba el camino, por donde se fuera alguna vez, navegando el temido barco de la Tatuana.
Allá, en aquel océano frío. Remamos, aunque equivocados de mar. Al mismo ritmo de la boga. De un tambor de guerra que nos dictaba, a ti y a mi, como llevar el navío contra el viento. Hasta hacerlo trizas como marinos principiantes, sin faro que nos guiara.
Talvez nos sentamos uno frente al otro, en la que fuera, nuestra balsa decorada por un sueño a medias. Que también dejamos tirado, junto al desorden que hacían los cientos de libros que ya nunca leímos, los muebles que ya nunca compramos y el corazón que se nos envejeció y llenó de arrugas como las lineas de una topografía que nunca recorrimos.
En la costa de nuestra realidad, un octavo y dos vasos con siete hielos derretidos, hacían de escenografía temperamental a nuestra mesa.
En el fondo, el sonido del mar, que escuchaba al cerrar mis ojos. Se mezclaba, cuando los abría, con el vibrato mustio de una guitarra sin lustre, de aquel trovador nocturno, que nombraron el Sombra.
En la desmemoria de Belén. Tu condena será, como la de Rosario Sansores. A que, cuando yo me vaya, al fin, con mi dolor a solas. Te van a envolver mis sombras.
Y vas a querer arrancarle mi recuerdo a la penumbra, como vago que le intenta sacar a la tórrida noche, una nueva melodia.
Te irás por las orillas de los muros, lamentando como un ratón famélico que no logra alcanzar, el pedazo de queso Camembert que a veces se hace la luna cuando está tierna.
Aquí abajo, en la tierra. El insípido sorbo de un último trago, ya aguado, por los hielos derretidos por el calor que se encierra en la amargura de unos alaridos cursis y chabacanos.
Tras el bufido de su última estrofa. La carcajada fantasmagórica de el Sombra, resuena.
Exhibiendo, la picadura de una caries, que le abría más los dientes, incisivos centrales, que ya se miran bastante amarillos, de tanto beber y cigarrillo. Que le poblan patéticamente, el tejado roto, donde acompasadamente navegara la sonrisa que esgrime, como invitándonos a bailar.
A bailar con la huesuda.
Dicen que no es lo mismo, verla venir (...)
Que ya tenerla. ¿Bailando? ¿Quien quisiera tenerla?
¿En frente?
Tronando bruscamente unas castañuelas de sevillana.
Que ruido más triste, el sonar de las castañuelas de la muerte mientras danza. Como el tronido de los huesos de las caderas que hacen dos esqueletos cuando se aman con fuerza y resuenan.
Resonancia, que deshila el tejido de la música poética desde lo más raído y cansado del alma.
Como se cansa el hombre de estar solo con sus sueños.
Invocando recuerdos de un amor en cada paja, para que el triste y solitario orgasmo, decore su semblante de muerto al venirse.
Se vino. ¡Mesero! ¡Más trago!
¿Vino mi señor?
Vino, a tiempo.
Esta hermosa copa de cristal, en la mano que sostiene el perfumado elíxir de uva y que saboreo, como tantas tardes saborearon mis dedos tus nutridas y redondas nalgas.
Decía Benedetti, que la mujer aunque no tuviera culo, si tuviera los pies bonitos ya quedaba bella.
Y digo, yo, que si este vino escurriera, de unos bellos pies. Quisiera que esos pies fueran de una india milenaria. Que si así este dulce fermento, a la boca me cayera, que escurriera de los pies, colorados, de arcilla recocida por la lava, como han de ser los pies de Mercedes Coroy.
¿Qué consuelo tendría? ¿Qué precio pagaría por embriagarme de tus pies, Mercedes? Tú, que sin saberlo, allá en la distancia, de metrajes de celuloide, me alientas por las noches, aquí cerca, en secreto a seguir despierto. Sin tan siquiera que lo sepas.
Que hagas tú, con tu volcánica mirada, de mi trozo de carne una piedra incendiada como lava.
Erupción piroclástica que se enfría en la mar.
La mar serena, de tus cuencos luminosos.
Ahora, que la erupción alcanza al mar.
Ya sólo quedan estos párrafos decantados por la estilográfica de mi pluma digital.
Donde las letras, se van enterrando como semillas, que se enraizan en el malacostumbrado lamento melódico y confesional, que posee aquello, que otros llaman vagamente, poesía.
Sin describirla.
¿Qué es poesía? Suspiraba Becquer, mientras se le clavaban las espinas de aquellas pupilas azules afiladas al verlo.
En cambio, con las mias, marrón oscuro, no distingo a ver siquiera, cuando se me va la corona de luz de este mundo.
Ah, mis pupilas, pienso. ¿Quién las recuerda?
Al irse este vino, resbalando lentamente. Untándome, placidamente el paladar con su estoque. Bañándome la úvula, que tímidamente se esconde, mientras continua su recorrido.
Rio, abajo. Se me hace torrente, escurriéndose en cataratas hasta llenar el interior de mi esófago.
Donde casi a fuerzas, debo volver a deglutir, para mojar mis cuerdas vocales de nuevo y recordarme que también estoy cantando.
En el seco cantar de estos lamentos que le acompañan.
Pues, soy yo, también, quien a la muerte acompaño como sombra que no la deja sola. Para darle la vida que no quiere.
«¡Ingrata!» «¿Qué? ¿No ves que estoy sufriendo?»
De estas noches tan oscuras. Tú jamás podrás borrarte, continuaba la estrofa.
Terminando de saborear el trago. La cúpula invertida del cristal que la contiene, se me desliza sedosamente de la mano izquierda, con la que delicadamente la sostengo.
Al dar de súbito en el suelo y romperse. El estallido agudo, de su caída, me parece un llanto trágico escrito en prosa. Casi un melódico grito que no rima.
Al verla tirada. El más fino Baccarat cortado, regado por todo el suelo, hecho trizas.
Alcanzo a distinguir que, entre los demás fragmentos de botellas de un litro, de octavos vacíos y pequeños montoncitos de colillas de cigarrillo. Que como esquirlas de batalla añeja, adornan el sucio mármol travertino del recinto.
Aún tiradas en el suelo, siguen brillando las monedas.
¿Porqué no habría de brillar yo? Si soy el que caigo.
Quien reluce, con un fulgor que parecíera no haber sido pulido en este mundo.
Pero, nadie más se agacha a recogerla.
¿Y ya sabés lo que dicen de los que se agachan a recoger una ficha tirada en el piso? Que agarran la sal, del que la dejó tirada.
Y allí la dejé yo, para que la recogiera otro desdichado.
¿Y acaso?
Algún poema al ser cantado y fracturarse en pequeñas corcheas sobre el pentagrama.
¿También se harán desdicha?
La dicha de las adicciónes, es poder llegar a hacer pedazos hasta al más bello de los materiales, que es la cordura del hombre.
Ten cuidado con ellas.
Que como mala mujer, muchas de ellas, suelen entrar disfrazadas a nuestras vidas como dicha.
¿Sueno dichoso al anunciar que en la nostálgica tragedia me fragmento como los vidrios afilados de mis rimas?
¡¿Dichoso?!
—¡Bah! ¡Tragedia!
¿A quién le interesa?
Si el despedazar poético de mis versos pueden ser un infortunio, si no tuvieran... ¿consonancia?
Si al recoger los filosos cachos, de este acristalado tormento, que yo mismo reventé, me atreviera a juntarlos con las llemas rosadas y desnudas de mis dedos trémulos de escritor, y también así, me hiriera.
Pues, con las mismas manos cortadas te escribiera. Y de la herida misma, te cantara estas letras. Que una a una como gotas de sangre van destilando, hasta hacerse hemorragia en tu pantalla.
¡Que música tan depresiva! Insulta un asistente.
—¡Que bolo tan hemofílico!, le devuelve la reclama, el otro.
«¡Silencio! ¡Cometas!» Se le entiende a medio sollozo, a una fichera adormitada, quien confundida entre el público, llora y se lamenta de esta noche no tener salida.
La sintomatía de aquel rímel corrido en la anchura de sus cachetes, que han pintado la fúnebre comedia de su rostro adolorido es grandilocuente de sus desgracias.
Por demás. Si la condena al destierro de la palabra le supiera insuficiente y no le bastara con ese castigo.
Le tocó ser penumbra de las azules horas del idilio.
¿Es acaso también mi castigo autoinflingido el querer disolverme tras la soledad de un verso hasta hacerme invisible?
Talvez así también, lo sea.
Talvez, sea que la tragedia consista en esa imposibilidad de reunir lo disperso y volverlo a hacer quien era.
Es la condena de fragmentarse para existir.
¡Sí! ¡Condenado!
¡Sí! Romperme.
Hacerme mil pedazos chiquitos.
Que no se miran.
Porque descompartimentalizarse es perder la unidad del ser.
Y sin embargo. Esta esquizofrenia que tengo de ser pizcas, es mi única forma de existir. De desfragmentarme y hacerme uno de nuevo.
De ser uno con el cosmos y ser uno yo. Uno. No Unamono.
¡Yo!
Ego. El ser que soy. Que fui y seré.
Y qué (...) dejaré de ser.
Ser, aquel recuerdo del beso en las nalgas de mi mujer ántes de irme a trabajar. Que se me viniera a la memoria a media tarde para soportar el suplicio de la jornada.
O ser, la memoria de aquella bofetada que me despierta en la oscuridad de la nada.
Tambien soy. El papá de la hermosa niña.
Ausencia. Influencia.
Soy también, el guardián de un valiente niño.
Cachorro de jaguar que corre. Guarda la llama.
Que cuenta la historia.
La memoria.
Ser, el araméico eco de un lamentable: «¡Eloí, Eloí! ¿Lamá Sabactáni?», que reverbera en las piedras del Gólgota.
¿Donde se hallara después mi calavera?
Quedó hace dos mil años, desolada, clavada a esta cruz, en medio de ladrones y ante un puño de hombres y mujeres, que sin el valor de inmolarse, se llaman entre si mismos, discipulos.
Vulgo que deshonra a ritmo de coro, pandereta y aplauso.
Abandonado sin resurrección.
¡Arrabasaya!
¡Arrababababasei!
Saquen la chequera y repitan conmigo hermanos:
¡Ese inútil!
¡Es inútil!
Inútil. Es intentar someter el pensamiento, a la rigurosa disciplina de la escritura. No tiene causa.
Ya que la emoción se me rebela. Se desborda. Protesta. Me escupe en la cara.
Me mira con odio, con desdén, con recelo. Se niega a ser encadenado.
Neruda, pudo escribir sus versos más tristes, con la temperatura, de un sábado por la noche.
Pero los mios, no llegan ni a la tibieza de este jueves, de Antonio.
Nueve Antiojos.
Porque apenas he dormido, si las cuento todas, trece horas, en esta semana.
La vigilia, que se vuelve un frío infierno para algunos. Sobre todo, para quienes despiertan rutinariamente, con los repiques que dan las bruñidas jaquecas, que como campanadas solemnes, traen la santa resaca del lunes. Día de caldo y mal día para dejar de chupar.
No por el cansancio, si no por la sospecha de haberme extraviado en esa nada que no ocurre, cuando está pasando todo.
Una eterna consciencia que no cesa.
El insomnio es la creatura de la angustia, que se me hizo carne. El vacío que me dice que aquí no pasa nada.
La imposibilidad de buscar reposo en tu regazo y adormecerme con el aroma a lavanda de tus enormes tetas desnudas mientras los tiranos del mundo nos meten en otra guerra.
La certeza de que el ser, está siempre arrojado a echarse a la intemperie del olvido. Como cuadrúpedo amigo que se desdeña al lanzarlo a vivir a la azotea.
¡Argh!
La sangre hirviente, que brota de las heridas de mi alma desde donde se rebalsan.
Me quema.
Y mi química cerebral me engaña: la dopamina me susurra polifónicamente, que nada ocurre.
Mientras el cortisol me grita. A una voz. Dos voces. Tres.
Que se repita, se repite. Em cima. Em cima. Sempre Assim.
¡Calma! ¡Ja, ja, ja! No pasa nada. Nada.
¡Nada!
Em baixo. Sempre assim...
Un sollozo de hombre.
Un lamento compungido desde lo más humano de mi ser.
Las lagrimas que me siguen rodando.
Que me limpio cuando nadie mira.
Porque yo soy un súper hombre, limpiándose los mocos con los puños de la camisa. Un súper niño.
Estalla un inerte vacio. Donde el universo se hace nada de nuevo.
Un enmudecido pitido subsónico y una larga pausa en la oscuridad.
Larga, pausa.
Tinnitus.
Pero, de pronto, vuelve el sonido con fuerza.
La luz regresa y me deja caído de bruces.
La existencia se revela en sus excesos.
En la poca claridad que destella entre las ramas, me agarro bien duro al micrófono e intento dejar pasar, lo que siento, que se deja venir en estas ráfagas vocales.
Aunque sé, que la palabra me es apenas un intento fallido de apresar lo inasible en sílabas.
Lo inmarcesible.
Un intento fallido de pintar, rítmicamente, de un oxidado carmesí sobre los ocres de un marchito lienzo derruido y sin marco.
Donde tampoco encuentro, el trazo, la paleta o el gesto.
¿Dónde habrá quedado mi pincel?
Porque la forma, se me escapa.
La fluidez se niega a escurrir.
Y si no escurre. Entonces, ¿para qué quiero un pincel?
No para pintar el lienzo, sino para untar el pegamento, con el que uniré estos pedazos.
¿De qué?
De...
Músico, cantor, poeta, carpintero, pájaro de mal agüero, loco.
Esquizofrénico. Neurodiverso.
Tangencial.
Culto. Izquierdista. Rico.
¡Que shico!
Algunos dicen que soy un peligroso fantasma.
Otras, juraron que en verdad me amaron.
Carismático, hasta que caigo mal.
Un elocuente gran mudo. Que nunca se queda callado.
Lo toral del asunto.
La coyuntura de la situación.
El resiliente de los contratiempos.
El innombrable, de aquella que mejor ni te digo el nombre.
El irrecordable, de aquella otra que ya se me olvidó quien es.
Impopular.
Infame.
Pintor sin lienzo.
Poeta sin libro.
Músico sin guitarra.
Guerrillero sin metralleta.
¿Qué otro nombre le daré?
¿A esta crisólida esperanza de que el caos pueda ser transfigurado en sentido?
